El valle Mun Bak, también conocido como Desolación o el desierto Koom, es el territorio común entre las únicas tres ciudades que aún se mantienen en pie en la tierra de Mungu. Los habitantes de las ciudades no se asoman al valle, sólo unos pocos mercaderes cruzan de un lado a otro entre las ciudades por rutas que siguen estrictamente. Se cree que el resto de Mun Bak es un desierto cubierto de tierra árida y fósiles de los dragones que hace siglos quemaron todo el lugar. Sin embargo, aún quedan lugares donde la vida se abre paso.
A sólo doscientos kilómetros al norte de Wiitz, la ciudad en la montaña, se encuentran Las Rocas Muertas. Nombre irónico, considerando que están, de hecho, vivas. Es otro tipo de vida. Uno que no es percibido ni por los débiles sentidos de los humanos ni por los agudos sentidos de los pocos animales que pueblan Mun Bak. No obstante, se da a conocer de maneras indirectas. El origen de estas formas de vida está en el agua que fluye por el río Reloul, en el extremo Este del valle. Reloul baja desde las montañas más altas y permite a los afortunados habitantes de Nukuch, el Pueblo del Bosque, disfrutar de una abundancia que no existe en ningún otro lugar del mundo conocido. Las aguas de Reloul, luego de pasar por Nukuch, entran a cavernas fluviales que recorren debajo de las montañas para emerger nuevamente en Wiitz. Lo que pocos saben es que ese no es el final de su recorrido. Esas aguas siguen su camino hacia el norte, arrastrando todos los desechos de las obras mineras de Wiitz. Cuando vuelven a surgir en Las Montañas Muertas, la vida de las aguas ya ha sido corrompida por lo que sea que desecha Wiitz, y en el valle se mezclan con el azufre y los espíritus disueltos de los dragones. Así, surgen espinas de piedra que han demorado trescientos años en formarse, pero no han dejado de crecer. Crean figuras abominables que sólo los mercaderes ven desde la distancia, sin atreverse a acercarse.
Los espíritus de las Rocas ya no son dragones ni minerales. Dentro de las rocas existe sólo la pulsión de destrucción, dominación y glotonería que movía a los dragones ya extintos, o eso diría uno de los pocos estudiosos del tema. Sin embargo, algo que no conoce ningún estudioso, ni menos un ciudadano común, es que la sangre de Mungu es lo que da vida a todo lo que existe en Mun Bak, y aunque Mungu ya no tiene la vitalidad de hace mil años, todavía lucha contra el ímpetu destructivo de las Rocas. Afortunadamente para las demás formas de vida, un grupo de rocas que ha demorado trescientos años en formarse, por impresionante que sea, demora mucho en moverse y consumir todo un valle. Esta es una gran ventaja para Mungu, quien ha utilizado ya casi toda su restante vida para detenerlas. Toda su labor es silenciosa, y los humanos ignoran completamente que el Dios que los ha creado aún habita entre ellos. Muchos incluso dudan que en algún momento existió.
Afortunadamente para los ignorantes habitantes de Mungu, a veces la curiosidad puede ser más poderosa que el miedo. Desafortunadamente para Finmatun, ella era la única cuya curiosidad era así de fuerte.
Desde que vio en el horizonte la silueta puntiaguda de Las Rocas Muertas su corazón le dijo que debía visitarlas. Incluso a la distancia podía sentir una ominosa e impetuosa energía que emanaba de las agujas de piedra. También sentía un sobrecogedor horror que la embargaba, pero no se comparaba con la necesidad de conocer y experimentar el lugar con su cuerpo.

Le dijo a su madre un día mientras llegaban a Wiitz sobre una enorme carreta de tres pisos llena de frutas y carne de Nukuch y piezas mecánicas de I, la ciudad-torre del norte. La madre de Finmatun sintió que su corazón se paralizaba por unos segundos. ¿Cómo era posible que su hija no sintiera un terror insuperable al ver las Rocas Muertas? ¿Y qué tendría que hacer para evitar que algún día fuese a encontrar un horrible destino en aquel paraje maldito? Decidió rápidamente que no le permitiría acompañarla en sus viajes llevando mercancía a las demás ciudades y la dejó al cuidado de la sacerdotisa de Nukuch. Ella debía evitar que Finmatun saliera del bosque y además procurar enseñarle el importante miedo al mundo exterior. Y es que los habitantes de Mungu, a pesar de haber olvidado mucha de su historia, albergaban en sus cuerpos la noción de que una amenaza existía fuera de las tres ciudades y estaba conectada con la gran destrucción de hace siglos.
La sacerdotisa prometió seguir las instrucciones de la madre de Finmatun, pero como mujer estudiosa de lo oculto, intuía que había algo que la chica debía hacer en las Rocas Muertas. Aún así, no dejó que Finmatun se fuera tan fácilmente. Le enseñó algunas de sus recetas de sanación y maneras de comunicarse con la naturaleza. Eso mantuvo el interés de la joven por unos meses, pero luego la fascinación con las Rocas Muertas volvió. Su madre lo notó en su mirada. Decidió pedir autorización al gobernante de Wiitz para que recibiera a su hija en su ciudad. La gran muralla dorada de la ciudad sería mucho más efectiva para retener a Finmatun que los distraídos habitantes de Nukuch. No alcanzó a hacerlo, ya que esa misma noche Finmatun escapó.
La joven se levantó en silencio y salió de su ruca sin alertar a su madre. Afuera, desenganchó uno de los jitzun amarrados a la carreta de tres pisos, lo obligó a despertar y le dio una ración doble de avena para una larga jornada de viaje. Luego, instaló una montura sobre su viscosa espalda y trepó por el lado del animal. Iniciaron el viaje unas horas antes del amanecer. Al cruzar el bosque, el jitzun se arrastró con la lentitud habitual, pero rápidamente aceleró al percatarse que no arrastraba el enorme peso de la carreta. Finmatun se afirmó con fuerza de las riendas y dejó que la enorme babosa siguiera el camino que acostumbraba a recorrer.
La madre de Finmatun nunca más vio a su hija. Cayó en una depresión que casi la hace morir. La sacerdotisa fue una ayuda fundamental para mantenerla sana, probablemente motivada por la culpa. La madre siguió con su labor de mercader con un vacío en el corazón que siempre la acompañó. Y un día conoció a un joven cuya curiosidad le recordaba intensamente a Finmatun, pero eso es un tema para otro cuento.
Finmatun sintió el calor del sol en su espalda y supo que ya llevaba un par de horas de viaje. El jutzun había bajado su velocidad en pos de mantener un ritmo constante. La joven vio hacia el oeste y ahí estaban las Rocas Muertas. Con la luz del amanecer, las Rocas reflejaban un siniestro y melancólico blanco. Para Finmatun sólo se convirtieron en un destino más atractivo. Sin dudarlo, tiró las riendas del jutzun hacia la derecha, fuera del camino. La gran babosa se resistió, intentando seguir el camino hacia Wiitz. Finmatun tuvo que insistir, y ante la reticencia del animal, lo golpeó en sus grandes y sensibles orejas, demostrando quién mandaba. Sólo ahí, la babosa que podría derribar y aplastar a la joven, obedeció.
No había huella marcada, lo que dificultaba el paso del jutsun, quien tenía que esquivar rocas y emitía gruñidos de molestia por la textura áspera de la tierra árida. Finmatun se sintió mal por la criatura y se detuvo un momento a descansar. Sacó de su bolsa unas manzanas y las compartió con el jutzun. Los últimos cuatro años de su vida los había pasado cuidando de él. No le había puesto nombre. Nunca les daban nombres a los jutzun, ya que después de terminar su vida útil eran sacrificados y consumidos. La gente de Nukuch prefería no crear lazos con su almuerzo, por lo tanto no les daban nombres. Finmatun decidió que debía agradecer al jutzun que estaba siendo obligado a llevarla a un probable camino sin retorno , así que le dio un nombre y le acarició sus orejas viscosas.
—Te llamarás Kalfe. —dijo Finmatu mirándolo a los ojos y con un gesto de solemnidad.
Kalfe la miró de vuelta y alguna expresión apareció en su simple rostro. Los dos puntos donde se podía adivinar que habían ojos se movieron y la babosa le dio un torpe cabezazo. Finmatun lo agradeció y acarició al jutzun por segunda y última vez en su vida.
Volvieron a su camino hasta que el sol se les adelantó y ahora les miraba de frente. Las Rocas Muertas siempre adelante, haciéndose grandes e imponentes a medida que se acercaban. Finmatun tuvo un momento de duda, al ver que la presencia de las Rocas era sobrecogedora y emanaban una energía extraña. Algo de terror se estableció en su pecho, pero no fue suficiente para detenerla. Kalfe, sin embargo, se convirtió en una carga más que en una ayuda. Se resistía a avanzar, y cuando lo hacía era cada vez más lento. Finmatun ahora sentía culpa al obligarlo a moverse. No volvió a golpearlo en las orejas e intentaba alentarlo moviendo las riendas y dando gritos.
Siguieron moviéndose lentamente por un par de horas hasta que comenzaron a ver vegetación sobre la tierra. Lo que habría sido una hermosa sorpresa acarreaba perplejidad. Finmatun no esperaba ver vegetación en un lugar así de árido y las plantas mismas causaron resquemor. Eran arbustos de un color anaranjado intenso que nunca había visto y tenían vetas verdes que parecían brillar con luz propia. Finmatun se acercó cuidadosamente sin saber si debía tocarlas. La forma de las hojas era circular, como ninguna otra planta que hubiera visto, y tenían un aroma intenso que llegaba a molestar en la nariz. Decidió no tocarlas. Aunque… escuchó algo… ¿Eran voces? Los arbustos… ¿Susurraban?
Prefirió seguir avanzando, pensando que era su imaginación la que le hacía escuchar voces, pero no mucho más adelante tuvo que volver a detenerse. Unos cuantos metros más cerca de las rocas había pozas de agua, algo que jamás se habría esperado, pero explicaban las plantas que crecían. Las Rocas ya estaban a menos de un kilómetro, y era claro que descansaban sobre un pantano antecedido por pozas cada vez más grandes. Cuando Kalfe tocó una de las pozas, el jutzun dio un alarido desgarrador y retrodeció. Se retorció de dolor, haciendo que Fimantun cayera de la montura. Ella rápidamente se puso de pie e inspeccionó al animal. Revisó la parte que había tocado el agua y vio una quemadura que le recordó un momento en que había derramado sal sobre un jutzun. Tal vez el agua tenía un alto contenido de sal y sería mortal para Kalfe. Impulsivamente, puso un dedo en el agua y lo saboreó. Efectivamente era sumamente salada, pero además… tenía otros sabores. No pudo pensar más en su experiencia culinaria, porque en un segundo su vista se llenó de una visión increíble. Vio un rostro flotando en la nada. Era el rostro humano perfecto, hecho de piedra, y la miraba a los ojos, al cuerpo, a sus órganos internos, a su mente, a su alma.
La visión acabó en un segundo, pero Finmatun tuvo que tomarse varios minutos para recuperarse. La distrajo un leve lamento que venía de Kalfe. El animal lloraba mientras esperaba alguna instrucción. Finmatun sabía que no podía seguir presionándolo. Sacó una manzana de la bolsa y la devoró. Sospechaba que sería su última comida. Le dio el resto de las provisiones a Kalfe y lo envió de vuelta. El jutzun se alejó lentamente, miró hacia atrás por un momento y pareció despedirse, para luego alejarse lo más rápido que pudo.
Finmatun pensó en Mungu, el alma que se había hecho a sí misma por su pura voluntad de existir. Pensó en el mundo que ella habitaba, que según la sacerdotisa, había sido parido por Mungu, y por eso tenía su mismo nombre. Pocos creían ya en eso, y sólo imaginaban que el mundo era un gran plato de piedra donde, por alguna razón, había crecido la vida. Finmatun sentía que de pronto estaba muy cerca de encontrar respuestas a preguntas que nunca se había hecho. Se levantó decidida y comenzó a caminar hacia las Rocas. Sus pies sumergidos en el agua ardían, tal vez por la sal que contenía o por quizás qué otros minerales, pero Finmatun siguió caminando, con una extraña esperanza de volver a tener la visión anterior.
Ya estaba muy cerca de las rocas, la curiosidad reemplazada por un ilógico sentido del deber. Las Rocas Muertas se levantaban imposiblemente ominosas frente a ella, el sol detrás de ellas recortaba sus siluetas con un aura más siniestra que antes, y las voces volvieron. Ahora parecía que los susurros venían del agua y de las rocas. Esta vez eran evidentes. No parecían hablar el idioma de la gente de Mungu. Tampoco parecían completamente humanas.
A unos metros de las Rocas, el agua se convirtió en un barro espeso cubierto de plantas negras y repugnantes que se agarraban de las piernas de Finmatun, casi con la intención de detenerla. Desde las rocas ahora los susurros parecían gritos sofocados. Parecía que las rocas mismas querían evitar que llegara, lo que extrañamente la motivaba aún más. Este contrarianismo habría exasperado a su madre. Ese pensamiento despertó una nostalgia que fue lo único que puso algo de duda en Finmatun. Luego de un momento de vacilación, las voces comenzaron a repetir claramente “madre, madre, madre”. Había malicia en las voces.
Finmatun apretó sus ojos y vio con su alma el rostro amable y severo de su madre por última vez. Luego, se lanzó con todo su ímpetu a la Roca más cercana que ya estaba sólo a dos metros. Las plantas del pantano hicieron su último esfuerzo por detenerla y la hicieron tropezar. Finmatun cayó y con sus manos logró apoyarse en la Roca. Después, todo fue oscuridad.
*
Las revelaciones aparecían dentro de la oscuridad, llenando la conciencia de Finmatun. Cuando tocó las Rocas Muertas fue como entrar en una herida abierta del dios que era su mundo. Mungu no era la madre del mundo, sino que era el mundo mismo. Un dios que se talló a sí misma con la forma de un rostro perfecto. Se conectó directamente a su conciencia y su voluntad. Vio a dragones de diversas especies pelear entre ellos y contra humanos. Vio la destrucción provocada por criaturas de Mungu, infectadas por un espíritu universal de caos y muerte.
La vida sobre Mungu y la vida misma de Mungu se veían amenazadas por la voracidad de su propia creación. El mismo cuerpo de Mungu creó un cataclismo que cambió su geografía. Todas las formas de vida quedaron atrapadas en el valle Mun Bak. Más allá de las montañas sólo había piedra infértil. Los dragones fueron sepultados bajo rocas y magma. Sus cuerpos destrozados y pulverizados, pero sus espíritus seguían esperando bajo tierra.
La sangre de Mungu siguió dando vida a lo que quedaba del mundo, mientras Mungu caía en un sueño eterno. Finmatun vio cientos de años en sólo segundos. Vio cómo las Rocas Muertas crecían, llenándose del ímpetu de los dragones. En su corazón sintió la súplica de Mungu.
El peso de la vida yace sobre tus hombros. Finmatun, este destino es ingrato y horrible. Hay dolor, destrucción y fuego eterno contenido en estas rocas. Cuando se libere, condenará a todo lo que existe sobre mí a un infierno interminable. Sólo una voluntad poderosa puede detenerlo, y el tiempo se acaba.
Finmatun intuía, sin que Mungu se lo dijera, qué era lo que hacía falta. Su cuerpo yacía inconsciente sobre el pantano, pero su conciencia estaba ahora dentro de las rocas. Dentro de las Rocas Muertas y de todas las demás rocas en la superficie de Mungu. Su espíritu se había hecho uno con Mungu. Pero estaba en su voluntad aceptar el sacrificio.
Si no lo haces, todos estarán condenados a la nada. Pero entiendo si no quieres pagar el precio con tu alma.
Finmatun, no le permitió seguir comunicándose, y concentró toda su voluntad alrededor del espíritu corrompido de las Rocas. En ese mismo instante, las Rocas Muertas dejaron de crecer. El espíritu de los dragones fue contenido completamente. Reloul, la sangre de Mungu, dejó de alimentar a los espíritus amorfos que alguna vez habitaron cuerpos de dragones. El alma de Finmatun era la barrera, condenada por su propia voluntad y su curiosidad a sufrir el dolor provocado por el ímpetu destructivo soplando fuego inmaterial para liberarse.
En el lugar donde yace el cuerpo sin alma de Finmatun creció un árbol que parece no pertenecer al pantano. En su tronco, la inscripción “Mungu vive, Reloul es su sangre” está tallada, aunque nadie haya hecho la escritura.
Desde lejos, el sacrificio de Finmatun es lógico, pero para ella es un paso necesario hacia la eternidad. Su curiosidad la llevó al lugar donde nadie se atrevió a llegar, y un extraño sentido del deber no le permitió detenerse. Su destino estaba escrito en las rocas de Mungu antes de que ella lo supiera. Ahora, Finmatun es el espíritu anónimo que protege a Mungu, a cambio de un sufrimiento inconcebible, tal vez eterno, a menos que alguien venga a liberarla. Pero eso es tema de otro cuento.
*
A unos doscientos kilómetros de Las Rocas Muertas, en Wiitz, un niño obsesionado por aprender sobre los dragones ancestrales siente un dolor que le atraviesa el pecho. Está obligado a llorar, aunque al mismo tiempo un enorme peso se levanta de sus hombros.
Varios kilómetros hacia el este, en Nukuch, una niña que aprende a cocinar con su madre siente el mismo dolor, la misma necesidad de llorar y el mismo peso, salir de sus hombros.
Mucho más lejos hacia el norte, en I, la ciudad-torre, un espécimen humano se recupera de su primera amputación y en su pecho ocurre algo que nunca había imaginado. Aparece un sentimiento. Es tan sobrecogedor que espera no volver a sentir nunca más.